02 abril 2009

Asco

Quién diría que lo efímero se lleva en la carne.
Como si no fuese ya suficiente su fugaz presencia, la carne no puede asegurar la conquista de la Perla del Dragón como recompensa a la decepción de saber que; de todos modos y sin escalas en el andén de las promesas rotas y los sueños incumplidos; se rema contracorriente hasta el delta de la muerte.
Todo este tiempo me ha congelado los sentidos con su carne. Con cada llaga supurante de ardentía por lo perdido. Ha roto de una vez; cada vez; la frágil membrana de cordura que yace desnuda tras la coraza que me aguarda. Me ha hecho ahora incapaz de llevar mis ojos lejos. A cualesquier horizonte que no sea el horror agazapado en lo alto de las torres del silencio. Sólo puedo mirar de soslayo y comprobar que las llagas mueren alimentando las costras de podredumbre. Y que el vientre abultado de años aun husmea en las extremidades carcomidas por el abandono. Para al final aceptar lo mucho que el despojo una vez hombre, me enferma la consciencia.
No lo urdí cuando me alcanzó por el tobillo. Esa primera vez; balbuceando mi condena entre dientes muertos y poesía sucia. Me asfixiaba el afán de la indolencia. Pero el guiñapo putrefacto amparado de entropía destilaba la perversión misma del Maligno. El pánico desolló ahí lo que Él y esta ciudad habían dejado de mi espíritu.
Lo he visto acechando en las sombras de mi cabeza; cacareando torpemente y escupiendo sanguijuelas de lascivia. A pesar de todo, hoy me rendí al combate y dejé para Él la puerta abierta. Porque me lastima lo mismo al respirar que si finjo que estoy muerta.
Y entonces me cubrí con el velo de piel sagrado y cremoso que heredé de mi madre. Solté la furia roja de mi pelo y volví en mí, comulgando con el licor dulzón que humedece mi existencia.
Mi razón adormecida me indicó en ir su busca.
Caminé descalza sobre el frio recuerdo de mi buena crianza, pero una vez en los lindes del deseo fui inmune a la ventisca del remordimiento. Entre secreciones corporales y hedores del pasado me arrodille airosa de frente a La Bestia. Le concedí un segundo para ajustar sus vidriosos ojos al lustre de la pasión; que a diferencia de la carne; esta es sempiterna. Y sin embargo le permití creer que moriría abrasado por el fuego de mi pelo. Qué más dan mis labios tibios y el perfume de mis rosas al fin y al cabo.
Al contacto de unos senos pálidos, en los que pudo ver mi corazón voraz latiendo; le hice saber que había tomado el poco juicio que habitaba las ruinas de su mente. Le acaricié cual sirena con voz de madrugada perpetua. Hasta que un rayo de angustia azotó mi espalda al contener la arcada. Esa misma que hizo galopar un cielo de lágrimas por mis mejillas.
Siento asco al amarte tanto.
Que se pudra tu carne y se mueran tus entrañas. Te quedan benditos el asco, la pasión y mi alma entera.

*Por Palomita Rodriguez

*Fotos El AZOTE*

3 comentarios:

Anónimo dijo...

wow!!

Davo Valdés dijo...

Qué texto tan potente y bello Palomita. Gracias por compartirlo con los lectores de La Wacha. En verdad me gustó mucho.

¡Saludos!

Anónimo dijo...

tienes novio palomita?