Plenilunio

by - marzo 24, 2010


Extrañas la maleza bajo tus pies. Los mordiscos. La madrugada. Las vacunas para la rabia que nunca solicitaste y los ayunos que nunca tuviste intención de cumplir. Te conformas ahora con las noticias y ni la doctrina más alocada te saca una sonrisa. Pero yo gusto de recordarte filoso. Presa al fin pero predador al cabo. Y aunque pudieras saber nada de mí; yo sé que no acabas de entender como terminaste aquí.
Me gustaría que te volvieras bestia otra vez. De vez en cuando. Pero antes el dolor era demasiado y ahora ni vale la pena intentarlo. El caso es que nunca te vi y nunca te tomaste la molestia de mirarme a los ojos. Por eso vengo siempre a arrullarte con historias de fantasmas. No vaya ser que te olvides de ser lo que eres. No vaya a ser que los índices de hambruna y destrucción; y los muertos, heridos y desaparecidos de la televisión hagan que desestimes tus correrías. O los dictadores y tiranos y las nuevas tecnologías siembren duda sobre el temor que infundiste. Yo temo por ti. Lo juro por mis sueños. También por tu hambre. Y Aunque ambos sepamos que ya no es lo mismo, también sabemos que la culpa no es nuestra. Es simplemente que antes te temieron más que a Dios y ahora a ese ya nadie le cree. Pero recuerda que lo tuyo no es creer ni que te crean. Lo tuyo es eso que te devoras.
Y que fue de tus lunas. Lo mismo que fue de mi futuro cuando me cansé de buscar el éxito antes de empezar a buscarlo. Te lo digo no con el afán de hacer mi alegría de tu miseria. Y no es pregunta. Sabes que andamos el mismo camino. Tú aquí. Yo afuera. Yo aquí. Tu. Adentro. Como sea. Y ni se te ocurra decirte aburrido en la vida. Aburrimiento a estas alturas del mundo es sencillamente ocio. Eso hoy es una gran falta. Y mira que tú y yo de esas tenemos muchas y ni sirve de algo sufrirlas. Ya suficiente es que no basta con ser hombre lobo. Debes ser predicador, confesor, maestro y pupilo. Economista y poeta. Atleta, exquisito de vanguardia. Activista, pacifista. Ciudadano del mundo. Y sí, bueno. Hombre lobo. Pero sólo si lo alternas con la rutina de transformar la tierra y a los que viven en ella.
Por eso ni morbosos, ni criptozoólogos, ni psiquiatras locos visitan tu celda. A quien iba a importarle una triste bestia que le llora a la luna.
Mejor imagina que me cantas con la voz de la pradera. Bien que la recuerdas.
Y que lo mejor fue respirar del trino de la noche y beber la libertad de renacer en la espesura. Olvídate de que amargado, desnudo y lobo; no embonas en el presente.
De que lo mejor habría sido devorarme sin temor a dejar rastro. Aunque ni así dejo de picotearle las costillas a tu cordura. Entiende que no me basta con que me tritures los huesos. No si hay ninguna otra opción que calmarte el hambre y la furia. No si soy nada. Nada para ti. Nada para nadie. Sólo una niña devorada por un monstruo que no sabe cómo ser monstruo.
Pero háblame de la luna y del rio. De los zorros y las aves de primavera que despidieron aquellas gloriosas noches. De los ojos desorbitados de horror que te sostuvieron la mirada. De las pesadillas que rondaste en negro pelaje y más oscuras intenciones. Háblame de ti porque de mi no quiero saber nada. No hagas que recuerde que quiero irme. Pues venir siempre a tu silencio es un poco demasiado. Y de tanto calmarte la furia, se me escaparon las ganas de quedarme. O me devoras tú o lo hace el mundo. O me escabullo a la vida en una noche de luna y tú me das un aventón en el camino. O me quedo a tu lado igual que siempre. Con la esperanza de que pase algo que nunca sucede.
Te cuento que ninguna de las opciones me convence.
Mejor me voy a esperar nada. Y a contar que una vez conocí a un hombre que en el plenilunio se volvía un lobo horripilante. Y sólo si el destino lo quiere, a desear que me hubieras devorado a su debido tiempo.

Por Palomita Rodriguez*.

Imágenes utilizadas sin fines de lucro*

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