02 enero 2010

Bucha

De pronto el aire fue algodón de azúcar. Teníamos techo y una vaca pinta en el patio. Reí con voz de niña al triturar los higos que llovían en nuestro suelo. Me abalancé con la intención de llenarme la boca con los rayos de luz de fresa que se escapaban del quinqué para juguetear en lo profundo de la noche. Como nunca me he endulzado suficiente fui hasta la mesa. Quise morder una esquina porque olía a canela y chocolate. Pero sobre ella había tortillas. Queso fresco y atole de avena. Decidí que dejaría el dulce para después. Pero entonces nuestro techo nuevo comenzó a arder y de mis ojos brotaron lagrimas negras de aceite que cortaban al correr por mi cara y caer en mi estomago. Ahí desperté. No había techo nuevo. Ni vaca pinta ni chocolate derretido en el suelo. Dormíamos acurrucados. Solos junto a un fogón muerto. Cinco o seis pero podían ser doce. Ninguno capaz de superar la década de vida. Todos renacuajos hambrientos e infestados de piojos. Me quedé viendo como la noche escupía nubes eléctricas azules que se congelaban sobre nuestras cabezas. Y aun cuando nunca fui a la escuela conté hasta diez y espere que retumbara en mis oídos toda la ira del cielo. Encogí mis pies antes de que el agua los alcanzara.
Podía llorar y tener miedo. Podía llamar a gritos a mi mamá pero no era necesario. Me bastó con evitar mojarme mientras fuera posible, pues de no ser por los piojos, dentro de poco volvería a estar dormida.
Pasaba la noche y la comezón me obligaba a tener los ojos abiertos. Eso me permitió verla llegar.
Entró al despojo que llamábamos hogar. Como siempre descalza. Con el vestido raido de color crema y el larguísimo pelo cayéndole en la espalda. Sólo que yo tenía cuatro años y olvide que llegaba.
Mi hermana Bucha, la mayor de todos; aparecía de repente; sin falta. Con cada noche de lluvia. Y bajo un silencio sepulcral nos arropaba con cuidado entre las mantas malolientes. Se arrodillaba entre nosotros y hurgaba en nuestras cabezas en busca de los parásitos que nos devoraban. Luego acariciaba cada pequeño rostro y uno por uno, nos despedía al sueño con un beso en la frente. Después; cuando había tiempo suficiente; trepaba al tlecuil para descubrir cada vez como un tesoro, lo que albergaba el interior de un jarrito de barro: las cartas de amor de alguien por las que lloraba en silencio sin siquiera leer.
Pero a veces cuando llovía, mi mamá regresaba antes. Entonces Bucha se escurría entre las sombras y salía antes de ella apareciera. Otras veces sólo alcanzaba a verla perderse entre la lluvia y la tenue luz de la lámpara que encendía para nosotros. Hacía meses que se había ido. Por alguna razón mi madre le prohibió regresar. Y a nosotros encender la lámpara; temiendo que de nuevo incendiáramos la choza.
Esa noche fue última que la vi llegar.
Encendió el quinqué; Fue hasta nosotros y como todos dormían me arropó a mi primero. Vi su imagen velada por la contraluz. Asumí que sonrío y le correspondí. Se posó tras de mí y con suave tacto hurgó en mi pelo enmarañado aliviando la comezón.
Pero entonces mamá llegó. Bucha se levantó con violencia. Me rozó la cara con su pelo y desperté de una vez. La vi deslizarse hasta fuera, detrás de la pared improvisada de bejucos. Comprendí que después tantas noches a media luz había olvidado su rostro y ahora casi sin saberlo lo recordaba. Porque la veía a la cara por primera vez en mucho tiempo y apenas la reconocía. Era un rostro enjuto y de color miel. Con trazas de dolor y añoranza. Mejillas hundidas de tristeza y ojos marchitos por el deseo voraz de estar de vuelta. Rompí en llanto y ahora llame a mi mamá. Porque no quería que se fuera y si que ella la detuviera. Porque parecía todavía una niña y debía estar en casa para que la arropáramos también. Pero en cambio mi mama entró con la mirada lánguida y dejo caer la carga de limón. Un costal entero que cortaba a escondidas de una huerta y luego vendía para darnos de comer. Mis hermanos se removieron apenas y yo creí que me alzaría a su regazo cuando hecha un mar de lagrimas extendí los brazos hacia ella. Pero no me miró. Sólo quiso saber quien había encendido la lámpara y enseguida me pidió guardara silencio. Seguí llorando y ella volvió a preguntar. Antes de que me pidiese de nuevo que callara respondí. – Fue Bucha-. Me dio una bofetada y gritó que se había ido y no iba a volver. Pero yo sabía que había venido y se lo dije. – No va a regresar porque se fue como la abuela Tonchi- murmuró con esfuerzo al fin. -Dices mentiras- grité. -Porque a la abuela Tonchi la pusieron en la tierra adentro de una caja- Expliqué como pude que Bucha venía a ver sus cartas guardadas en el jarrito. –Se va porque tiene miedo de que la veas con nosotros en la casa–musité; y confiada añadí que si podía venir, entonces no estaba en una caja como la abuela Tonchi. Me miró con recelo y pensé que volvería a golpearme. Sin embargo subió al tecluil; tomó el jarrito y lo estrelló en el piso. Dentro halló un montón de hojas de papel amarillento. Perfumadas y en doblez cuidadoso. También un anillo tosco de oro florentino y una fotografía de un muchachito humilde y sonriente de pelo oscuro.
No entendí porque se desvaneció, sollozando y llamando a mi hermana. Ni sabía ante quien se arrodillaba y rezaba, o de que falta se lamentaba y suplicaba perdón. Al fin me abrazó y luego a todos los escuincles somnolientos que apenas sabían que ocurría. Aseguró creía en mí. También que Bucha ahora no volvería más porque debía seguir adelante. No supe a que se refería pero en el fondo sentí que era lo correcto. – ¿Todavía estás enojada con ella?- pregunté. – No- respondió en seco. Luego quiso saber si Bucha lo estaba con ella. -No- murmuré casi quedándome dormida. Por alguna razón supe que jamás lo habia estado-.
Amaneció y jamás volví a ver a mi hermana. Quizá ni siquiera la conocí. Pero tenía cuatro años y quien sabe. Tal vez a veces sólo lo olvidaba.



Por Palomita Rodriguez**
Este cuento está dedicado a Isabel y Tiburcia Ortíz Capistrán.
Fotografía: Emilia Gómez 1952

2 comentarios:

ricardo mendoza ocampo dijo...
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Palomita Rodriguez dijo...
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