17 enero 2011

Boys who rape (should be destroy). 33 aniversario de I Spit on your grave


Este año, después de poco más de tres décadas de provocar un discreto revuelo en los cines de medio pelo y los difuntos autocinemas, así como entre los iniciados y los locos que haciendo guardia en los canales de tele abierta ejercitaron su humor perro al programarla de vez en cuando entre el himno nacional y la pantera rosa; I spit on your grave es traída de la tumba; aunque sea haciendo cola detrás de un remake; para demostrar quien es quien a  la hora de los cocolazos.
Pero este articulo no trata sobre el remake -rebautizado para la region 4 como Dulce Venganza- si no de la autentica I spit on your grave  de 1978 que es una joyita casi perdida en la niebla del olvido. Cruda y serie b hasta las cachas, pero  contundente y efectivísima; es una aportación limpia y concisa sobre el arcano sabor de la venganza.
En lo que se afirma como un pueblito chico de infierno gigante, una bola de ociosos mala sangre se dedican fastidiar a una vacacionista de la ciudad (interpretada por la guapa Camille Keaton, sobrina nieta de Buster Keaton y ganadora en Sitges del año 78 con este rol) . Más tarde que temprano, el jueguito se vuelve  obsesión de tintes misóginos y las consecuencias terribles no se hacen esperar.
Directo y sin escalas en la línea de la revenge movie- traída a colación por cortesía reloaded de Quentin Tarantino y sus tres cachetadas consecutivas sobre el tema- I spit on your grave es parte de una “distinguida” camada de films de muy bajo presupuesto que  durante los 70  pusieron el dedo en ardorosas llagas, apostándole al softporno, la sangre por la sangre y la ruda manufactura visual. Y aunque este trabajo no niega la cruz de su parroquia (fue producida con unos pocos miles y rodada en un cabaña en Kent, Connecticut que prestó el director de fotografía) goza de los dones heredados sin querer queriendo por la nueva ola francesa- particularmente de Made in USA de Jean Luc- Godard  y de The bride wore black de Francois Truffaut, lo mismo que de las series niponas protagonizadas por Meiko Kaji  también en los 70.  
Contemporánea de la sueca Triller, antecesora de la truculenta Ms. 45. de Abel  Ferrara y quien sabe si incluso inspiración de la trilogía de la venganza de Park Chan Wook, el debut del israelí Meir Zarchi circula por dos vertientes. Por un lado se encuentra el relato imperecedero sobre la venganza y por otro, el de la violencia sexual como remedio a una necesidad que sobrepasa la búsqueda de saciar el apetito carnal. Con la agresión sexual como vehículo de ira  y autoindulgencia; y a través de los senderos del ojo por ojo; el resultado es perturbador a más no poder aun para los tiempos que corren. Ya en su momento sacudió no sólo a las buenas conciencias  y de paso a  la industria misma de distribución comercial. Si por la crudeza de las imágenes – que a estas alturas son fácilmente superadas por cualquiera de los estrenos de horror hollywoodense de verano- pero más bien, debido a lo punzante del tópico subyacente: el de los crímenes de odio.
A diferencia de Thriller, que se decanta claramente por el sexploitation con  sus pasajes a medio camino del porno duro;  la eficacia de I spit on your grave radica en un tratamiento sólido y más bien contenido del argumento; eficacia que la hace digna y que contribuye a que logre superar la prueba del tiempo. Se consigue aquí remover fibras con cierta cautela,  en tanto que se revelan temores, vicios y realidades próximas y concretas . A fin, el realizador es capaz de trasladar su idea central desde el terreno de la anécdota extraordinaria al de la crítica, saliendo airoso del pretexto narrativo y sin mucha necesidad de un despliegue de recursos.
Aun sin remasterización, una producción esmerada se deja entrever y las huellas del tiempo y el bajo presupuesto lucen. La tesitura del negativo rescata esa sensación escalofriante de realismo que remite a la terrorífica –en el mejor sentido- The last house on the left, cuando un joven Wes Craven se lanzaba recién al ruedo con un punch de miedo, lo mismo que al siempre certero aunque posterior Michael Haneke con  su Funny games, original de 1997.
Por La Musa Electrónica***

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