
Podía llorar y tener miedo. Podía llamar a gritos a mi mamá pero no era necesario. Me bastó con evitar mojarme mientras fuera posible, pues de no ser por los piojos, dentro de poco volvería a estar dormida.
Pasaba la noche y la comezón me obligaba a tener los ojos abiertos. Eso me permitió verla llegar.
Entró al despojo que llamábamos hogar. Como siempre descalza. Con el vestido raido de color crema y el larguísimo pelo cayéndole en la espalda. Sólo que yo tenía cuatro años y olvide que llegaba.
Mi hermana Bucha, la mayor de todos; aparecía de repente; sin falta. Con cada noche de lluvia. Y bajo un silencio sepulcral nos arropaba con cuidado entre las mantas malolientes. Se arrodillaba entre nosotros y hurgaba en nuestras cabezas en busca de los parásitos que nos devoraban. Luego acariciaba cada pequeño rostro y uno por uno, nos despedía al sueño con un beso en la frente. Después; cuando había tiempo suficiente; trepaba al tlecuil para descubrir cada vez como un tesoro, lo que albergaba el interior de un jarrito de barro: las cartas de amor de alguien por las que lloraba en silencio sin siquiera leer.
Pero a veces cuando llovía, mi mamá regresaba antes. Entonces Bucha se escurría entre las sombras y salía antes de ella apareciera. Otras veces sólo alcanzaba a verla perderse entre la lluvia y la tenue luz de la lámpara que encendía para nosotros. Hacía meses que se había ido. Por alguna razón mi madre le prohibió regresar. Y a nosotros encender la lámpara; temiendo que de nuevo incendiáramos la choza.
Esa noche fue última que la vi llegar.
Encendió el quinqué; Fue hasta nosotros y como todos dormían me arropó a mi primero. Vi su imagen velada por la contraluz. Asumí que sonrío y le correspondí. Se posó tras de mí y con suave tacto hurgó en mi pelo enmarañado aliviando la comezón.
Pero entonces mamá llegó. Bucha se levantó con violencia. Me rozó la cara con su pelo y desperté de una vez. La vi deslizarse hasta fuera, detrás de la pared improvisada de bejucos. Comprendí que después tantas noches a media luz había olvidado su rostro y ahora casi sin saberlo lo recordaba. Porque la veía a la cara por primera vez en mucho tiempo y apenas la reconocía. Era un rostro enjuto y de color miel. Con trazas de dolor y añoranza. Mejillas hundidas de tristeza y ojos marchitos por el deseo voraz de estar de vuelta. Rompí en llanto y ahora llame a mi mamá. Porque no quería que se fuera y si que ella la detuviera. Porque parecía todavía una niña y debía estar en casa para que la arropáramos también. Pero en cambio mi mama entró con la mirada lánguida y dejo caer la carga de limón. Un costal entero que cortaba a escondidas de una huerta y luego vendía para darnos de comer. Mis hermanos se removieron apenas y yo creí que me alzaría a su regazo cuando hecha un mar de lagrimas extendí los brazos hacia ella. Pero no me miró. Sólo quiso saber quien había encendido la lámpara y enseguida me pidió guardara silencio. Seguí llorando y ella volvió a preguntar. Antes de que me pidiese de nuevo que callara respondí. – Fue Bucha-. Me dio una bofetada y gritó que se había ido y no iba a volver. Pero yo sabía que había venido y se lo dije. – No va a regresar porque se fue como la abuela Tonchi- murmuró con esfuerzo al fin. -Dices mentiras- grité. -Porque a la abuela Tonchi la pusieron en la tierra adentro de una caja- Expliqué como pude que Bucha venía a ver sus cartas guardadas en el jarrito. –Se va porque tiene miedo de que la veas con nosotros en la casa–musité; y confiada añadí que si podía venir, entonces no estaba en una caja como la abuela Tonchi. Me miró con recelo y pensé que volvería a golpearme. Sin embargo subió al tecluil; tomó el jarrito y lo estrelló en el piso. Dentro halló un montón de hojas de papel amarillento. Perfumadas y en doblez cuidadoso. También un anillo tosco de oro florentino y una fotografía de un muchachito humilde y sonriente de pelo oscuro.
No entendí porque se desvaneció, sollozando y llamando a mi hermana. Ni sabía ante quien se arrodillaba y rezaba, o de que falta se lamentaba y suplicaba perdón. Al fin me abrazó y luego a todos los escuincles somnolientos que apenas sabían que ocurría. Aseguró creía en mí. También que Bucha ahora no volvería más porque debía seguir adelante. No supe a que se refería pero en el fondo sentí que era lo correcto. – ¿Todavía estás enojada con ella?- pregunté. – No- respondió en seco. Luego quiso saber si Bucha lo estaba con ella. -No- murmuré casi quedándome dormida. Por alguna razón supe que jamás lo habia estado-.
Amaneció y jamás volví a ver a mi hermana. Quizá ni siquiera la conocí. Pero tenía cuatro años y quien sabe. Tal vez a veces sólo lo olvidaba.

Por Palomita Rodriguez**
Este cuento está dedicado a Isabel y Tiburcia Ortíz Capistrán.
Fotografía: Emilia Gómez 1952
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